Haciendo la lectura de un de los libros de
Jorge Luis Borges (El Aleph) en uno de sus cuentos que más me llama atención
pude notar que es una versión de Jorge para un cuento de la mitología Griega de
Teseo y el Minotauro. Me encantan las obras de elle que son muy mágicas, por
eso yo trago abajo las dos historias, espero que les gusten.
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Cuento de la mitología Griega
Teseo y el Minotauro
1. Hace miles de años, la isla de
Creta era gobernada por un famoso rey llamado Minos. Eran tiempos de
prosperidad y riqueza. El poder del soberano se extendía sobre muchas islas del
mar Egeo y los demás pueblos sentían un gran respeto por los cretenses.
2. Minos llevaba ya muchos años
en el gobierno cuando recibió la terrible noticia de la muerte de su hijo.
Había sido asesinado en Atenas. Su ira no se hizo esperar.
Reunió al ejército y declaró la guerra contra los atenienses.
3. Atenas, en aquel tiempo, era
aún una ciudad pequeña y no pudo hacer frente al ejército de Minos. Por eso
envió a sus embajadores a convenir la paz con el rey cretense. Minos los
recibió y les dijo que aceptaba no destruir Atenas pero que ellos debían
cumplir con una condición: enviar a catorce jóvenes, siete varones y siete
mujeres, a la isla de Creta, para ser arrojados al Minotauro.
4. En el palacio de Minos había
un inmenso laberinto, con cientos de salas, pasillos y galerías. Era tan grande
que si alguien entraba en él jamás encontraba la salida. Dentro del laberinto
vivía el Minotauro, monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre. Cada luna
nueva, los cretenses debían internar a un hombre en el laberinto para que el
monstruo lo devorara. Si no lo hacían, salía fuera y llenaba la isla de muerte
y dolor.
5. Cuando se enteraron de la condición
que ponía Minos, los atenienses se estremecieron. No tenían alternativa. Si se
rehusaban, los cretenses destruirían la ciudad y muchos morirían. Mientras
todos se lamentaban, el hijo del rey, el valiente Teseo, dio un paso adelante y
se ofreció para ser uno de los jóvenes que viajarían a Creta.
6. El barco que llevaba a los
jóvenes atenienses tenía velas negras en señal de luto por el destino oscuro
que le esperaba a sus tripulantes. Teseo acordó con su padre, el rey Egeo de
Atenas, que, si lograba vencer al Minotauro, izaría velas blancas. De este modo
el rey sabría qué suerte había corrido su hijo.
7. En Creta, los jóvenes estaban
alojados en una casa a la espera del día en que el primero de ellos fuera
arrojado al Minotauro. Durante esos días, Teseo conoció a Ariadna, la hija
mayor de Minos. Ariadna se enamoró de él y decidió ayudarlo a Matar al monstruo
y salir del laberinto. Por eso le dio una espada mágica y un ovillo de hilo que
debía atar a la entrada y desenrollar por el camino para encontrar luego la
salida.
8. Ariadna le pidió a Teseo que
le prometiera que, si lograba matar al Minotauro, la llevaría luego con él a
Atenas, ya que el rey jamás le perdonaría haberlo ayudado.
9. Llegó el día en que el primer
ateniense debía ser entregado al Minotauro. Teseo pidió ser él quien marchara
hacia el laberinto. Una vez allí, ató una de las puntas del ovillo a una piedra
y comenzó a adentrarse lentamente por los pasillos y las galerías. A cada paso
aumentaba la oscuridad. El silencio era total hasta que, de pronto, comenzó a
escuchar a lo lejos unos resoplidos como de toro. El ruido era cada vez mayor.
10.
Por un momento Teseo sintió deseos de escapar. Pero se sobrepuso al
miedo e ingresó a una gran sala. Allí estaba el Minotauro. Era tan terrible y
aterrador como jamás lo había imaginado. Sus mugidos llenos de ira eran
ensordecedores. Cuando el monstruo se abalanzó sobre Teseo, éste pudo clavarle
la espada. El Minotauro se desplomó en el suelo. Teseo lo había vencido.
11.
Cuando Teseo logró reponerse, tomó el ovillo y se dirigió hacia la
entrada. Allí lo esperaba Ariadna, quien lo recibió con un abrazo. Al enterarse
de la muerte del Minotauro, el rey Minos permitió a los jóvenes atenienses
volver a su patria. Antes de que zarparan, Teseo introdujo en secreto a Ariadna
en el barco, para cumplir su promesa. A ella se agregó su hermana Fedra, que no
quería separarse de su hermana.
12.
El viaje de regreso fue complicado. Una tormenta los arrojó a una isla.
En ella se extravió Ariadna y, a pesar de todos los esfuerzos, no pudieron encontrarla.
Los atenienses, junto a Fedra, continuaron viaje hacia su ciudad. Cuando
Ariadna, que estaba desmayada, se repuso, corrió hacia la costa y gritó con
todas sus fuerzas, pero el barco ya estaba muy lejos.
13.
Teseo, contrariado y triste por lo ocurrido con Ariadna, olvidó izar las
velas blancas. El rey Egeo iba todos los días a la orilla del mar a ver si ya
regresaba la nave. Cuando vio las velas negras pensó que su hijo había muerto.
De la tristeza no quiso ya seguir viviendo y se arrojó desde una altura al mar.
Teseo fue recibido en Atenas como un héroe. Los atenienses lo proclamaron rey
de Atenas y Teseo tomó como esposa a Fedra.
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Cuento de Jorge Luis Borges
La casa de Asterión
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de
misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su
debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también
es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche
a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas
mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la
soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la
tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis
detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra
especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay
una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún
atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor
que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como
la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño
y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente
oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de
las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en
vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi
modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No
me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo,
pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y
triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo
grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta
impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo
deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan
distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías
de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o
a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que
me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar
dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo
realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.)
Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a
visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora
volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en
otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora
verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano
se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado eso
juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están
muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero,
un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios,
aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin
embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de
piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar.
Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son
catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces,
catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez:
arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y
el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la
casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz
en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La
ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me en sangrienta
las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una
galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó,
en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no
me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre
el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos.
Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi
redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con
cara de hombre? ¿O será como yo?
El sol de la mañana reverberó
en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo
Teseo-. El minotauro apenas se defendió.