Pasa
la página final y se remueve.
Apoya
el tomo, despacio, sobre la manta
que
cubre sus rodillas.
Meditabundo,
mira
las brasas de la hoguera
e
incorpora su integridad al fuego, pone los ojos
en
la llama que, al arder,
al
unísono es y se consume.
Cede
a la noche,
cautivo
en el embrujo,
y
se adormila derrotado en el sillón.
Cae
al alma
la
ceniza como extinguido resplandor
de
lo que tuvo luz, o la fingió.
Como
difuso polvo sobre el libro.
Como
pavesa fiel de lo concluso.
Alfredo
Buxán
